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Me niego sistemáticamente a tomar las uvas. Además de ser una tradición mortal por atragantamiento, supone darle al gremio vitícola un plus económico que no estoy seguro de que merezca. Lo sé porque yo invierto mucho en ellos, como verán.

Por culpa de la uva fermentada, me roban el 1 de enero cada año.  Y un año que se roba a sí mismo un día, es un año que sienta precedentes no muy buenos.

Me robaron el 1 de enero de 2009, y a partir de ahí no dejaron de robarme. Vino un banco y me robó el dinero. Vino una crisis y me robó el trabajo. Vino un político y me robó la fe en el futuro. Vino un periodista y me robó la verdad. Vino un premio Nobel de la Paz armado hasta los dientes. Vino la muerte y me robó a Michael Jackson. Vino un Barça con seis copas de vino. Vino Zapatero con dos hijas góticas y hasta vino un virus que fue pandemia. Vino todo lo que me robó algo.

O tal vez me lo robaron todo menos el vino. Por eso, con el vino brindo por todo lo que vino y ya se fue. Y así puedo brindar con vino por un 2010 que espero que no me robe su 1 de enero. El año del vino tiene que dar lugar al año de la crianza. Por eso dicen que las crisis son buenas, porque las cosas acaban siendo mejores de lo que eran. Basta con eso para augurar un buen año.

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