Las navidades pasadas me regalaron una panificadora casera. Con ella, puedo hacer desde madalenas a barras de pan. Está muy bien. Sólo tengo que ir al mercado, comprar los ingredientes, meterlos en la máquina y ella se encarga de sacarme unas baguettes calentitas todas las mañanas. Sano, saludable y, además, varias veces más barato que la misma baguette en una panadería, por no hablar de las baguettes empaquetadas de los centros comerciales.

Estoy tranquilo porque sé que no estoy haciendo nada delictivo. Pero si este ejemplo fuera musical, los panaderos se hubieran ya asociado para exigir a Moulinex un canon compensatorio por cada panificadora casera vendida. Los panaderos habrían dejado de ganar muchísimo dinero vendiendo barras de pan y eso no puede consentirse, así que el Estado, que ha permitido la existencia de las panificadoras caseras, tiene que ponerse las pilas. Se crea así el canon compensatorio panificador estatal.

Además, cualquier producto que sirva para fabricar o comerse la barra de pan, tiene que pagar un canon compensatorio. Así, los moldes, los cuchillos, las tablas de madera, los platos, las neveras y los hornos microondas deben pasar por caja. Hasta el gremio de implantadores dentales está siendo acosado por un conocido bufete de abogados.

Cada barra de pan vendida en una panadería llevaría una etiqueta que rezaría algo así como que “Fabricar y comerse barras de pan caseras es un delito. La distribución de esta barra de pan, sin el consentimiento del panadero, será perseguida por ley”. Habría una red de inspectores que se pasearían por los restaurantes viendo qué barras de pan se sirven. Si son las caseras, denuncia al juzgado y multa. Si son de la panadería de al lado, cobrarían nuevamente un canon fijo mensual al restaurante por servirlas. Y luego bares, cafeterías, supermercados, centros comerciales, aeropuertos, cantinas, tascas… El tradicional “pincho” vería su precio incrementado de un euro a un euro y medio, que no pagaría el consumidor del pincho, sino el restaurante. Si el pincho lleva cerveza por el mismo precio (la conocida y castiza “tapa”), la cerveza pasaría automáticamente a pagar también. La cerveza no es pan, pero como ayuda a vender pan, adquiere los mismos derechos por ósmosis.

Los fabricantes industriales de pan, así como los fabricantes de maquinaria industrial, organizarían manifestaciones frente al ministerio de turno, poniéndolo entre la espada y la pared y exigiendo contraprestaciones económicas bajo premisas del estilo “nos moriremos de hambre en 5 años”, “por la dignificación del panadero” y “la panificación es trabajo”. El presidente de Bimbo leería un manifiesto demoledor al respecto.

Todo este ejemplo tan absurdo es muy parecido a lo que está ocurriendo con la industria de la música. De hecho, con la industria musical y los derechos de autor suceden cosas mucho peores. Los lectores habituales de este blog lo saben de sobras.

Es cierto que por el simple hecho de realizar cualquier obra creativa, en una partitura o en la servilleta de papel de un bar, pase o no por cualquier tipo de registro, supone que esa obra tiene copyright y está, por tanto, protegida. Pero existe una inercia de más de 100 años que nos lleva a pensar que propiedad intelectual es lo mismo que derecho de autor, y a la vez que los derechos de autor sólo pueden ser gestionados a través de la SGAE o entidades similares. Pregunten sino a los músicos jóvenes si saben algo al respecto.

Deacorde Producciones no está en contra ni de la propiedad intelectual ni de los derechos de autor. Sin embargo, el derecho de autor no sólo es Copyright. Existe un abanico muy amplio que va desde lo más absolutamente restrictivo, como el copyright, hasta lo más absolutamente abierto y libre, como el copyleft. Por eso se han creado las licencias llamadas Creative Commons, que permiten que un autor licencie su obra autorizando unas cosas y bloqueando otras. Y la primera que autoriza una licencia CC es a copiar y distribuir cómo y cuánto se desee. El artista nos permite copiar su música, pero puede hacer más cosas. Puede autorizar o no el uso comercial de las mismas, puede autorizar o no la realización de obras derivadas o versiones, puede obligar a que las nuevas obras tengan la misma licencia que la original o puede autorizar todo ello con el simple reconocimiento de la autoría original.

El mensaje que queremos transmitir para el concierto del próximo viernes 15 de enero a las 21:30 horas en el Teatre Xesc Forteza es que existen alternativas al copyright que todos los creadores pueden utilizar de manera gratuita y que además este tipo de licencia nada tiene que ver con la calidad de la obra. Y un buen ejemplo de ello son los artistas que nos acompañarán sobre el escenario: Salvarez y Pacotiempo.

Internet ha democratizado la producción y difusión de la música. Ya no necesitamos a cazatalentos que nos lleven a un estudio de grabación para que una discográfica fabrique un soporte físico (como el CD) y que, a través de distribuidores, nos vendan en tiendas de discos 15 temas empaquetados, mientras todo ello suena en cadenas de radiofórmula. Internet permite tecnológicamente saltarnos a todos los intermediarios entre la música creada y el consumidor. Y ahora, las licencias Creative Commons, permiten saltarse los intermediarios respetando la legalidad y los deseos de cada autor.

La música, y la cultura en general, está viva y lo seguirá estando aunque muchos intenten encorsetarla en soportes físicos, cobro de cánones y leyes absurdas como la Disposición Final de la Ley de Economía Sostenible que quieren aprobar estos días. El concierto de Salvarez y Pacotiempo es un buen ejemplo de eso.

Un cambio en el modelo musical es posible, pero comporta un cambio de actitud. Se le llama “evolución”.